#24 NO SIEMPRE SALE BIEN

#24 NO SIEMPRE SALE BIEN

Hace poco que cumplió veintitrés. Es uno de esos privilegiados de los que tienen un sueldo de más de novecientos pavos, con pagas prorrateadas, y todavía vive en esa época en la que las camisetas que tira a la cesta de la ropa sucia aparecen de forma mágica, dobladas y planchadas, en el armario de una habitación en la que tiene una colección de vasos de chupito, recuerdo de todas las cimas de garitos que ha coronado. Al volver del trabajo, le gusta fantasear con la idea de que su mamá haya hecho su comida favorita: espaguetis con carne y tomate. Y, hoy, puede que haya sido uno de los días más tristes de su vida.

Hacía tres meses que paraba en aquel café. La causalidad le había hecho entrar buscando una máquina donde comprar sus ele-emes y, ¡allí estaba ella!

– Perdona, ¿puedes activar la máquina?

Unos ojos oscuros le sonrieron desde detrás de la barra, consiguiendo que todas esas mariposillas que vivían en su estómago fabricasen la sensación de un corazón bombeando en vacío, acompañada de un vértigo agradable. O puede que fuesen gases…

Desde ese momento había parado, casi a diario, a saborear un café intragable acompañado de algunas pequeñas conversaciones, risas e incluso alguna mirada de complicidad. En tan solo unos días se había enterado de su nombre, de que era un par de años mayor que él y hasta de que lo había dejado con su novio hacía unos meses. Habría que ser muy tonto para no ver lo que el destino le estaba diciendo.

Lo tenía todo planeado. La esperaría a cierre y hablaría con ella. La miraría a los ojos y le preguntaría si ella también había notado ese lazo energético que une a las personas que han sido condenadas a amarse. Ella, mientras, jugaría con el cabello metiéndoselo detrás de la oreja y, nerviosa, se mordería el labio inferior sin poder apartar su mirada de la de él. Tras esto, y después de unos meses saliendo, alquilarían cincuenta metros cuadrados por seiscientos euracos y serían felices. Con el tiempo se hipotecarían y tendrían algún cachorro que calmaría esa necesidad de trascender inherente al ser humano, sin apenas darse cuenta de en qué momento su cuerpo empezó a compensar la caída de pelo con la subida de kilos. Tendrían una vida, ¡cómo debe ser! Y éste iba a ser su gran día. El punto de partida de su maravillosa historia de amor.

Pero, al abrir la puerta del café, advirtió que los ojos oscuros  ya no estaban tras la barra. En su lugar, un camarero, con un piercing en la ceja y toda la pinta de tener un coche con ruedas dos tallas más grandes de las que le corresponden, le explicó que a su amada le habían hecho una oferta mejor y había decidido irse. ¿Cómo podía haber hecho eso sin, tan siquiera, darle su número de teléfono?¿No había notado ella la conexión?

Ahora, de regreso a casa, siente otra vez cómo la mariposillas de su estómago se vuelven a activar, pero esta vez para descojonarse de él; con la sensación de haber sido más lento que la vida… Ojalá mamá haya hecho espaguetis.

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