#16 MI DÍA LIBRE

#16 MI DÍA LIBRE

A las diez, como siempre, mi despertador cumple su parte del trato. En modo automático vuelvo a retrasarlo media hora más: un autoengaño que me consiento en mañanas como esta. Aprovecho para abrir mi whatsapp y hoy, otra vez, algún meme hace que fabrique la primera sonrisa del día.

Después de haber pasado por una sesión de chapa y pintura decido salir a dar una vuelta por mi barrio. Algo que, de vez en cuando, está bien hacer.

Ya en la calle me cruzo con una defensora de los animales que pasea  a un perro con toda la atención puesta en la pantalla de su Smartphone, paso por terrazas donde amantes del café desayunan echando montañas de azúcar dentro de sus tazas y me cruzo con algún Quijote futurista que golpea un tambor y toca un silbato en la puerta de una sucursal bancaria, reclamando unos ahorros que le han sido robados, mientras despierta las muecas molestas de algún cooperativista que en otro momento se disfrazaría de rojo.

Tras un largo paseo donde paso por pescaderías de verdad, fruterías de verdad y demás tipos de comerciantes reales, decido ir a hacer mis compras a una gran superficie donde los alimentos están cargados de componentes, que vendidos en solitario conseguirían matar a una rata. Mis prisas me hacen pasar por una de esas cajas donde el cóbrese usted mismo es el protagonista, sin pensar que quizás esas prisas son una parte importante en la desaparición de algunos puestos de trabajo.

Pero hoy he decidido ser solidario. He decidido no comer en un sitio de esos donde la comida me la sirvo yo y la mesa la recojo yo. Hoy voy a  mimarme.

Me meto en uno de esos restaurantes donde la decoración está hecha con lo que sobró del desmantelamiento de algún taller y pienso en lo que diría mi padre de todo ese plato que sobra alrededor de la comida. Suelen ser sitios que trabajan la creatividad de sus clientes, que deben tirar de todo su poder de deducción para saber cuál es el símbolo que le llevará al servicio que le corresponde para, simplemente, lavarse las manos.

Tras un menú del día de quince pavos, vuelvo a mi hogar y me dispongo a marcarme uno de esos pequeños caprichos que me hacen sentir rico: la siesta.

Al despertarme enciendo la televisión. Otra vez ese programa amarillista que todos los tíos con un nivel intelectual alto (como yo) criticaría; sin preguntarse por qué es mejor ver a gente persiguiendo un balón o incluso algún telediario. Sin registrar qué parte de la sombra remueven esos gritos.

Mientras el Sol se va poniendo, por la calle pasa un coche con un ruido a todo volumen que a las dos de la mañana, en algún garito, conseguiría alcanzar la categoría de música.

Ceno algo que viene metido en un blíster de plástico, convencido de que ayudo al mundo por tirar el envase al contenedor amarillo. Y me quedo tumbado preguntándome si podría hacer algo más; y tomo una decisión… en mi próximo día libre no pondré el despertador.

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