#9 UN LUGAR DE MI INFANCIA

#9 UN LUGAR DE MI INFANCIA

Hoy he vuelto a uno de esos bares donde mis padres me llevaban de pequeño.

Recuerdo que, en muy contadas ocasiones en el año, mi madre y mi tía decidían agruparnos a todos sus cachorros, meternos en un coche e irnos los siete a merendar a un sitio donde hacen… ¡perritos!

Sólo tengo 38 años (ejem), y todavía recuerdo aquella época donde irse a un sitio donde vendían salchichas metidas en bollos de pan era algo especial. Esa época donde no todo estaba plagado de grandes multinacionales que prometen que venden comida.

Hoy… he vuelto a uno de esos bares donde iba con mi madre a comer perritos. Y al entrar ha rebotado en mi cabeza la pregunta de por qué habrá sitios, esto es extensible a las personas, que no saben crecer.

Abrí la puerta: ¡GOTELÉ! Ese aroma entre fritanga y humedad lo cubría todo. Dos jóvenes, probablemente descendientes de uno de los introductores del fast food en Vigo, se plantaban dentro de una barra. Parecían no estar felices o por lo menos, si lo estaban, no se la habían contado a su cara. Se había convertido en uno de esos bares donde el camarero lee el periódico con los brazos abiertos apoyados en la barra, mientras sopla de lado al único café que ha puesto en toda la mañana.

Este es un tipo de bar que no le gusta a todo el mundo. De esos en los que se intuye una gloria pasada que ya fue. De esos en los que el polvo que se posa en las botellas expuestas, podría hablarte de los gritos que daba la gente en la última final de copa en la que participó el Celta.

Hoy he vuelto a uno de esos bares donde iba con mi madre de pequeño. Y he entendido que la connotación positiva que tiene la palabra “bohemia” sólo debe aparecer en libros que leen mentes demasiado soñadoras, y que la realidad es otra. Nadie nos ha contado que para ser un despreocupado hay que saber sufrir. Puede que a muchos de nosotros nos hubiese gustado ser Mandela. Pero, ¿cuántos seríamos capaces de aguantar una vida como la suya?

Y uno de esos bares que intentan vivir de una estrategia pasada de moda, me ha enseñado lo difícil que es salir de la zona de confort.

Mientras saboreaba mi hamburguesa con una ración de patatas (de las de verdad), ojeaba la decoración (si se le puede llamar así). Con una simple mano de pintura, una buena limpieza y una sonrisa en la cara de los trabajadores, este bar podría de alguna forma renacer. Pero ha decidido agarrarse a su pasado, convirtiéndose en un bar deprimido. Esto me ha hecho pensar sino es lo mismo que hacemos algunos de nosotros con nuestras vidas.

Quizás vivimos en una sociedad donde es mejor mantener tu idea hasta el final, aunque sea equivocada, que poder cambiar de opinión negociando con tu yo interior a través del insight. Una sociedad donde los que deciden cambiar de partido son unos tránsfugas. Una sociedad donde los que deciden cambiar de sindicato son cambia chaquetas. Una sociedad donde los que deciden cambiar de estilo de vida, son unos flipaos. Por lo visto, cualquier decisión que tomes te vincula más que cualquier contrato. Por lo visto, no podemos cambiar.

¿Es así como pretendemos hacer crecer al mundo?

Hoy he vuelto a uno de esos lugares de mi infancia. Y a pesar de que él no haya cambiado nada, he salido rebosante de felicidad.

Hoy he vuelto a uno de esos lugares que no cambian, y me he dado cuenta de cuánto he cambiado yo.

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