#5 EL JUEGO DE VALENTINA

#5 EL JUEGO DE VALENTINA

Llevaba ya unos cuantos días observando mi cuerpo en el maldito espejo. Me puse de perfil, de puntillas, para observar mi figura estilizada. Me miré a los ojos con profunda desazón y dolor, ¡demasiado!

¡El muy cabrón me gritó cerda!  Y cuando me dejó la mente lo bastante desfigurada como para continuar con el día, me robó; me robó gotas de ADN que brotaron por todas las comisuras de mí misma, escociendo de vergüenza. Se introdujeron por las heridas ya casi cerradas, recordándome que no, que algunos puntos fueron cosidos muy separados para mantenerme siempre alerta. Y me di cuenta, otra vez, del daño en la garganta, de las agujetas en las costillas. De mi alma partida en mil pedazos, de basura desperdigada a mi alrededor, como un vertedero enorme, con pájaros alborotados que me nublan la inteligencia y la razón. Cada rechazo, cada palabra bonita por decir, cada vez que me han ignorado, se han quedado a vivir como la impronta sutil de mí misma… que aparece y desparece como una prostituta, en las sombras, ofreciendo un amor ya envasado.

¿Me pedirías que corriese si no tuviese piernas? Mi cerebro no quiere funcionar hoy, así que déjame en paz y no sigas pidiendo que me calme o que piense en cosas bonitas. Solo por esta vez, en este día. Mañana te prometo volver a sonreír… para que todos estéis más contentos.

Llegó este mensaje: “Hola Valentina. Mi cuñada estuvo en tu trabajo el otro día. Me dijo que te portaste fenomenal con ella y que eres una chica preciosa… que estás muy delgada.”

Cuanta importancia, ¿no? No debería tenerla, pero yo se la di.

Después llegó mi compañero. Me dijo: “¿Tú cuándo comes?”

A mi mente corrupta le apetecería contestar que la gorda ya se lo comió todo hace años, pero contestó un simple “cuando me hagan el relevo…”. No creo que haya colado. Son las tres y media de la tarde y no he comido nada desde el desayuno.

El contestó: “No estás como para perder más chicha…” y yo no entendí nada. Porque el espejo me insultó, ¡lo juro!

Al llegar a casa me senté frente a mi plato y lo miré con odio. Mi madre me regaló una de esas miradas que sentencian, después me abrazó, seguramente sin entender nada. Para ella soy preciosa, su gran creación que a pesar de pertenecerle no sabe cómo cuidar.

Cómo me duele mi cuerpo, cómo me duelen cada uno de mis pensamientos erróneos, cómo dueles a todos, Valentina. Vuélvete agua hoy y desaparece por alguna rendija, para regresar mañana a quitarles a todos la sed.

No todos los días se utilizan los mismos emoticonos.

No todos los ojos lloran el mismo día.

– Eva Garin

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