4# DE UN DIOS A OTRO

4# DE UN DIOS A OTRO

Estimado colega:

¡Ha pasado tanto tiempo desde que nos conocimos! Los cuatro formábamos un equipo perfecto, juntos desarrollábamos fórmulas, retando (de alguna manera) a nuestro creador. Mezclábamos en nuestra marmita elementos con el fin, quizá soberbio, de crear vida. Todavía puedo sentir el olor de la mezcla entre sal, azufre y mercurio y algunos ingredientes más que debemos callar para que no caigan en nuestro mismo error las mentes más agudas.

Existen marcas en mi cuerpo de aquella explosión que, por causalidad, serendipia, sincronicidad o algo parecido, creó nuestro lugar preferido para experimentar. ¿Lo recuerdas? Aquella discusión que tuvimos para, simplemente, ponerle un nombre: universo. Qué bien sonaba, qué grande… cuántas expectativas. Impregnábamos los planetas con lo que cocinábamos, utilizándolos como simples placas de Petri, esperando que alguno de ellos nos diese la sorpresa.

Pero nunca pasaba nada.

Hasta aquel día que, aupados por la impaciencia, nos enfadamos con nuestro experimento y descargamos aquella lluvia de piedras. Y fue ahí cuando una de ellas impactó en ese puntito azul al que habíamos prestado tan poca atención…  Esa pequeña desviación creó las condiciones propicias para que proliferase ese moho que empezaría a inundarlo todo. Era maravilloso. Sólo tendríamos que cuidarlo, darle cariño y dejarlo crecer con todo nuestro amor.

Recuerdo cómo aquel aminoácido ya parecía tener vida independiente y cómo fue creciendo… era impresionante.

Pienso en su primera etapa, cuando aprendió a nadar, en cómo le iban saliendo extremidades y cada vez era más hábil. Pero eso no llegaba. Lo incentivamos para que saliese del mar y colonizase el resto del planeta. El primer prototipo tenía muchas imperfecciones, poseía instinto pero ni siquiera profesaba un mínimo vínculo por los que eran iguales a él. Pronto nos pusimos manos a la obra. Debíamos crear distintos prototipos por si en alguno de ellos se daban las condiciones necesarias.  Parecía una tarea imposible. Sólo éramos capaces de crear seres violentos y aburridos. ¡Queríamos más!

A veces, el experimento salía tan mal que teníamos que borrar todo de un plumazo. Sin grandes técnicas. Con una simple crecida del mar, terremotos o algún meteorito, preparábamos el planeta para volver a empezar. Y, de repente, en algún momento de la historia, debido a una corrección en el nivel de azufre, ahí estaban. Eran mamíferos. Desarrollaban emociones, reconocían a los suyos y registraban a través de su cuerpo los instintos que recibían del exterior.

Fue todo un éxito para nosotros. Ahora no pararíamos.

Dentro de los mamíferos estaba nuestro “hijo preferido”: el humano. Se había desarrollado a partir de la rama de los primates y parecía que tenía unas ganas tremendas de seguir creciendo. Y fue ahí cuando decidimos dotarlo de esa lucecita que jamás sabrían que poseen y que los ata a nosotros para toda la eternidad. Ellos, años más tarde, lo llamaron espíritu.

Parece que fue ayer cuando daban los primeros pasos. En esos momentos estaban muy vinculados a nosotros. Si por algún motivo se extralimitaban con el planeta, con nuestra creación, sólo teníamos que mandar algún rayo, un movimiento de tierra… un simple grito. En cambio, mientras su conducta fuese de amor y respeto, los recompensábamos con buenas cosechas, caza y meteorología. Todo era perfecto. Éramos un equipo. Nosotros los cuidábamos y ellos… nos temían.

Quizás fue en ese momento cuando empezaron a aparecer las discusiones entre dioses, cuando el temor se convirtió en curiosidad. Decidimos seguir cada uno por nuestro lado y nos dividimos el planeta. Rompimos la unidad que habíamos creado y ahora nuestro proyecto estaba dividido. Cada uno lo llevaría como quisiese… o pudiese.

Todavía recuerdo cuando empezaron a cuestionarnos. Cuando su instinto, mezclado con la emocionalidad y una razón que empezaba a surgir, hizo que se creyesen mejores o peores según con el Dios con el que jugaban la vida. Todavía se me remueve el pecho cuando pienso en toda esa sangre derramada para nosotros. No sé en qué momento se nos fue de las manos.

Pero la cosa no iba a parar ahí. No sólo empezaron a matarse entre ellos, sino que cuestionaban nuestra autoridad. Parecía que lo que en un primer momento nos había fascinado, la razón, ahora se convertía en nuestro peor enemigo. Nosotros, seguíamos siendo simples observadores; mientras ellos, dejaban de creer en nosotros. Ahora se creían capaces de todo. Empezaban a jugar a ser dioses. Construían máquinas diabólicas que escupían humo por chimeneas, destruyendo todo el equilibrio que habíamos creado juntos.

Poco a poco, la fe en nosotros desaparecía y la razón ocupaba su lugar de un modo casi invasivo. Ni tan siquiera la filosofía podía hacer esta vez de mediadora. Y fue en ese lugar dentro de lo que los humanos llaman tiempo, en el que los dioses empezamos a morir.

Eran ellos los que experimentaban ahora, los que en sus placas de Petri, milenios después, intentaban construir su juego. Creaban inteligencia, pero no les llegaba. Tenían que seguir…

Esta carta, querido amigo, es una simple despedida. Parece que ellos nos han matado como, algún día, su creación los matará a ellos. Sin embargo, es probable que algo de nosotros, y seguro que algo de ellos, se encuentre de alguna manera dentro de lo siguiente… Quizá esto es evolución.

2 thoughts on “4# DE UN DIOS A OTRO

  1. La tristeza de la oportunidad perdida, la ilusión de los comienzos, la no predicción de los resultados, la esperanza del siguiente paso en el camino.
    La simple historia de la vida.

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